Quizás quiso decir

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¿Madre, allá se acaba el mundo?

¿Madre, allá se acaba el mundo?

lunes, 1 de marzo de 2010

El rostro: eje horizontal.

En la música la frecuencia del sonido mide el tono musical, cuestión perfectamente comparable al tono del dibujo, las cotas más altas del sonido estarían referidas al sonido agudo, sin embargo las más graves serían frecuencias bajas. Los tonos agudos comparados con los tonos más claros o brillantes, y los tonos graves o bajos con los tonos más oscuros y opacos. En el mismo sentido lo profundo y oscuro, está relacionado con la profundidad como la definición kantiana de lo sublime, sin embargo una alta cima también puede ser relacionada con la misma condición, tal vez con su presencia extrema, o porque nos relacionan con el limen o umbral.

“Las curvas de nivel proporcionan una imagen precisa y más completa del relieve. Son líneas que unen puntos de la misma altitud. Cuanto más fuerte es la pendiente, tanto más próximos entre sí aparecen las curvas de nivel”

En el rostro como arquetipo de identidad podemos encontrar diversas cotas altitudinales, y podemos hablar incluso en términos topográficos, cuando por ejemplo nos referimos a la “cuenca” de los ojos o en nuestro estado de ánimo cuando nos referimos a la “depresión”. También pueden usarse partes corporales relacionadas con el gesto como en el “corazón de una montaña” o en la “garganta” al definir un terreno, como si un tipo determinado de relieve fuese capaz de hablar, como en el capítulo De la voz de su libro “La obra y el miedo” teorizaba Perejaume con respecto al hablar de las piedras en las montañas.

“Resulta extrañamente reveladora la imagen de una lengua inmóvil, inarticulable, percutida por agentes externos. Pienso por asociación en los sopladeros de las rocas de la costa: agujeros alargados abiertos en la roca en forma de garganta, en forma de cuerno, donde el agua del mar, al invadirlos, produce unos sonidos cavernosos, a veces extraordinariamente silbantes”

El relieve que construimos (definiéndolo como material que moldea), envuelve nuestro rostro con un papel. Es el relieve que toma como patrón nuestra fisicidad facial, después de realizar este acto de modelado, trazamos las cotas de este relieve para estirar nuevamente el molde utilizado, de tal manera que sean las líneas las que modulen las diferentes alturas que ha adquirido el papel sobre nuestros rostros. El acto mutable del terreno del papel(al colocarlo varias veces sobre el rostro) es el sismo que evidencia las cualidades vivas del soporte que es capaz de sedimentar las experiencias que se reedifican sobre el terreno, creando una trama, un tejido identitario basado en la altura del terreno. Pero, ¿porqué altura?; me refiero a ella pues considero indispensable el eje de la frontalidad para construir una “vertical” existencial. La altura dimensional es la relación del terreno con la gravedad de la tierra y por tanto hablamos de una coordenada vertical. Sin embargo frente a esta cualidad física del terreno, hablar en términos de pensamiento remite a direccionalidad, a transcurrir, y por tanto a avanzar o retroceder, siendo el eje que nos interesa el horizontal (referida al horizonte: lo extremo de lo visible), que sería nuestra “vertical”, nuestra altura acotable, al disponer un terreno (papel) que se adapte a este eje: el rostro. Al superponer el plano de representación: papel. Nos damos la licencia de atravesar la frontera de lo meramente funcional de un papel: lugar donde trazas, dibujas o escribes. Nos planteamos cosas como: para qué dibujamos, porqué lo hacemos, qué es dibujar, y planteamos la grieta que nos sumerge en el extrañamiento, en lo poético. Al usar el papel de manera anómala (la arruga: lo no útil) los mecanismos que utilizamos a posteriori están enmarcados en el mundo de lo simbólico, siendo un discurso cuyo engranaje son los tropos.

Una vez construido el terreno, es importante transcurrir el rostro en un gesto, en una mueca, referida intrínsecamente a la categoría de los sentimientos, las sensaciones, a lo indefinible, al estar vivo. Planificar, pensar o incluso soñar que tiene que ver con el “ideal” o utopía nos llevan al mar o al agua, y nos sumerge en un clima indefinido y por tanto sublime, o inabarcable. Plantear una isla, un nido, un recodo de identidad flotando en un contexto líquido, como es un río. Es la acción poética perfecta del que se interroga sobre la definición de su identidad y se atreve a dejarla a la deriva y a veces incluso encallar o hundirse.

El terreno suele representarse desde la “vista de pájaro”, desde un punto de vista aéreo o cenital. Refiriéndome sin duda a la otredad, a ese alejamiento de nosotros mismos para descubrir nuestras esencialidades o posibilidades que en este caso se tornan híbridas y mutables.

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